El 18 de mayo de 1923, varios poetas madrileños, junto con amigos y compañeros de Antonio Machado en Segovia, rindieron homenaje al escritor en el paraje conocido como “El Pinarillo”.
Aquel acto constituyó una de las primeras iniciativas de quienes, años después, serían reconocidos como integrantes de la llamada Generación del 27.
El homenaje se celebró en la antigua caseta del cuerpo de guardia, conocida como el “Gran Chalet del Pinarillo”, que también funcionó como merendero durante las primeras décadas del siglo XX. Con este nuevo uso, se impulsó una remodelación a comienzos de los años veinte.
En 2012, el Ayuntamiento restauró el edificio para convertirlo en un pequeño centro de interpretación. Bajo el nombre de “Casita Blanca”, pasó a formar parte del proyecto integral de recuperación del cementerio judío.
Años más tarde, su contenido se trasladó al centro didáctico de la judería y, en la actualidad, la casita permanece cerrada y sin uso.
Junto a la puerta, un letrero recuerda el acontecimiento de 1923: “En este Chalet del Pinarillo, varios poetas homenajearon a Machado”.
Cien años después, el 18 de mayo de 2023, la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce evocó aquel acto en el mismo lugar.
EL HOMENAJE A ANTONIO MACHADO
En el momento del homenaje, Machado llevaba viviendo en Segovia tres años y medio, donde llegó para ocupar la cátedra de Francés del Instituto General y Técnico, aunque pronto se le agregó también la de Lengua y Literatura castellanas.
La idea del homenaje a Antonio Machado partió del poeta y novelista madrileño, Mauricio Bacarisse.
Bacarisse animó a los amigos y admiradores de Machado en Madrid a realizar una visita a Segovia para rendirle homenaje, aunque prefirió hablar de «visita», «peregrinación» o «fiesta para poetas», más que de homenaje, como dejó muy claro en las invitaciones que repartió entre escritores, poetas y periodistas de la Corte.
Antonio Machado, de personalidad humilde, trató de que Bacarisse abandonara la idea, sin embargo, no le quedó más remedio que ceder ante el entusiasmo del joven poeta.
El encuentro consistiría en un almuerzo al aire libre, fijado a la una de la tarde, a base de platos típicamente segovianos (cordero asado de Sepúlveda y arroz con leche). Los invitados podrían recoger sus tarjetas en el mismo merendero a la hora de la comida, previo pago de once pesetas. La mesa estaba adornada con las flores que había enviado Ángel del Barrio, concejal del Ayuntamiento de Segovia. Machado ocupó la presidencia. A su derecha se sentaban José Rodao y Gabriel José de Cáceres, y a su izquierda, Bacarisse y Julián Santos Blanch. El número de comensales rondó la treintena, a juzgar por los nombres que trascendieron a la prensa, aunque bien pudo haber alguno más.
Los invitados madrileños tomaron el tren en la Estación del Norte. Se había especulado con la asistencia de Azorín y Juan Ramón Jiménez, que finalmente no estuvieron presentes. El propósito era juntar un buen número de excursionistas madrileños y restringir el de segovianos, pero finalmente ocurrió todo lo contrario, ya que desde Madrid solo acudieron Bacarisse, Salinas, Juan Chabás y José Tudela, amigo de Machado desde la etapa soriana y cicerone del poeta el año de su llegada a Segovia. que estaba entonces en Madrid. Junto a él, otro poeta cuyo nombre empezaba a sonar, sobre todo como dramaturgo, Luis Fernández Ardavín, y. con ellos, llegaron el filósofo y escritor Hipólito Rafael Romero Flores y, según la prensa, los segovianos Ignacio Carral, periodista y profesor en Madrid, y Emiliano Barral, el escultor.
Los admiradores de Machado afincados en Segovia que acudieron aquella tarde fueron más: El poeta y periodista cantalejano José Rodao, que compartió el proyecto de la Universidad Popular con Machado, Gabriel José de Cáceres, Julián Santos Blanch, Luis Recuero, Antonio Ibot, Fernando Arranz, Javier Cabello, Manuel Pagola, Ricardo Riesco, Agustín Moreno, Florentino Soria, Juan de Vera, Antonio Ballesteros, Manuel Palomares, Antonio Sanz Gilsanz, Ramón J. Seva, Miguel Rodríguez, Mariano Quintanilla, también compañero en la Universidad Popular y en el Instituto General y Técnico, donde el segoviano ejercía como profesor ayudante de Letras desde hacía casi tres años, Antonio Mazorriaga y Amadeo Ribó. Todos amigos y compañeros de Antonio Machado en el claustro del Instituto General y Técnico, en la Universidad Popular Segoviana, en la tertulia o en los tres ámbitos a la vez e incluso, en el caso de Recuero, en la pensión de la calle Desamparados, donde el poeta estaba alojado.
Durante el postre, Bacarisse tomó la palabra para leer una lista de nombres de amigos que, por unas razones u otras, no habían podido acudir como Eugenio d’Ors, el pintor Julio Romero de Torres, el diputado republicano Hilario Ayuso, el dramaturgo Alfonso Hernández-Catá, el novelista y editor Rufino Blanco Fombona, el poeta postmodernista y crítico literario Enrique Díez-Canedo o la editorial Mundo Latino, representada por los escritores Pedro de Répide, Ramón Pérez de Ayala y Ángel Dotor. Por la parte segoviana, excusaron su asistencia Segundo Gila, que se encontraba enfermo, Blas Zambrano, Julián María Otero, el poeta Marceliano Álvarez Cerón, Francisco Ruvira, Gonzalo España y el decano de los periodistas locales, Vicente Fernández Berzal.
Uno de los poetas no segovianos cuya ausencia en el homenaje es más relevante es Gerardo Diego. Sería esperable su presencia, al tratarse del joven poeta con el que más relación epistolar mantiene Machado, pero en aquel momento era catedrático del instituto Jovellanos de Gijón por lo que, no estaba cerca de Madrid en el momento de la convocatoria.
Concluido el almuerzo, se sumaron los poetas Juan de Contreras, marqués de Lozoya, y Mariano Grau, el más joven de los asistentes al homenaje, investigador infatigable de la historia segoviana que también se inició en la poesía publicando en los periódicos locales.
Finalizada la comida, Machado expresó a los comensales su agradecimiento con breves y sentidas palabras. El poeta sacó un papel del bolsillo y leyó una de las composiciones que tenía previsto incluir en Nuevas Canciones, poemario que Mundo Latino publicaría al año siguiente. Era el poema alusivo al sanatorio del Guadarrama, que tantas veces veía a través de la ventanilla del tren durante sus desplazamientos de fin de semana a Madrid. En su versión definitiva, incluida en el libro, lo tituló «En tren. Flor de verbasco» y lo dedicó «a los jóvenes poetas que me honraron con su visita en Segovia»:
Sanatorio del alto Guadarrama,
más allá de la roca cenicienta
donde el chivo barbudo se encarama,
mansión de noche larga y fiebre lenta,
¿guardas mullida cama,
bajo seguro techo,
donde repose el huésped dolorido
del labio exangüe y el angosto pecho,
amplio balcón al campo florecido?
Antonio Machado tenía otros textos preparados, pero finalmente los desechó: «Opté por leerles aquellos versos que yo estimo, más por razones sentimentales que de otra índole», escribe Machado para justificar la lectura del poema. El poeta no oculta que la pieza elegida no fue escrita para la ocasión, ya estaba escrito en 1921 aunque era inédito a la altura de 1923. Machado escribió dos versiones de este poema: la original, cuyo manuscrito se conserva en Burgos, con el título «En tren»; y la definitiva «En tren. Flor de verbasco», incluida en Nuevas canciones (1924), dentro de la sección «Glosando a Ronsard y otras rimas», con el número CLXIV de las poesías completas. de la que es el poema XI. La primera versión está dedicada al recién construido sanatorio para tuberculosos y ofrecida «en memoria» del neuropsiquiatra Nicolás Achúcarro, fallecido en 1918. Respecto a las dos versiones del poema, es evidente la mayor extensión de la primera, habiendo, por tanto, una intención de depuración en la segunda.
La versión definitiva, la leída la tarde del homenaje, intenta revivir el viaje en tren por la sierra de Guadarrama, el cual habían experimentado los poetas visitantes y que iban a desandar en su regreso a Madrid. Es interesante precisar que la flor de verbasco o gordolobo, mencionada en el poema, había florecido ya en la sierra por lo pudieron ver su amarillo intenso, al volver a Madrid aquella tarde.